Sin temor de engañarse, se puede decir que el público siente un interés cada día más vivo por las artes plásticas, especialmente por la pintura.
Casi desconocidos hace medio siglo, hoy abundan los libros de Arte. Se compran, se miran, se ofrecen como regalo. Las reproducciones se editan por millares; hasta la humilde tarjeta postal, suplantando al consabido cromo, se enorgullece de ser la mensajera de un Van Gogh o de un Matisse.
Empujados por un movimiento sin precedentes, los lienzos abandonan los museos, donde todo parecía retenerlos, y se van a dar una vuelta al mundo.
En cada etapa los contemplan ojos innumerables. Las salas de exposición resultan demasiado pequeñas. Hay apreturas, aglomeraciones.
Observemos, no obstante, que lo que lleva a las gentes hacia la pintura, con la fuerza de una oleada, excede en mucho a la simple curiosidad.Consciente o inconscientemente, el público se aficiona a las obras, afición que se convierte en fervor entre los jóvenes.
Desde el fondo del Louvre, la Gioconda vela sobre sus incontables efigies que prolongan por todas partes su secreta irradiación. He aquí la obra de Arte, única por definición, dotada del poder de ubicuidad.
Para nuestra época ha llegado a ser la pintura una presencia en la que se espera, digámoslo, una especie de revelación.[René Berger, en "El conocimiento de la pintura"]